La elección

Publicado 13 Marzo 2013

Vaya por delante que entendí la renuncia de Benedicto XVI como un síntoma de normalidad y de modernidad en la Iglesia católica. Que un hombre de casi 86 años quiera dejar sus responsabilidades, retirarse de los focos y acabar sus días alejado del mundanal ruido no sólo es comprensible y lógico, sino que es absolutamente razonable. Por eso, lo que más me ha sorprendido no es la decisión de Ratzinger, por muy histórica que sea, sino las extrañas interpretaciones que algunos han hecho de la misma.

Y digo extrañas porque el Papa alemán expuso con justeza y por escrito la razón que le ha llevado a tomar esta insólita decisión: “He llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio pretino”. El Papa no renunció por su avanzada edad. Renunció porque no se veía con capacidad suficiente para ejercer “adecuadamente” el cargo para el que fue elegido hace ocho años.
Pope Benedict XVI waves to the faithful as he arrives in St Peter's Square to hold his last general audience at the Vatican

La misión es doble: “gobernar la barca” y “anunciar el Evangelio”. Para el anuncio quizá baste con la palabra y con la oración. Pero gobernar significa mandar, decidir, enfrentar los problemas, resolver. Ninguna institución, tampoco la Iglesia, puede permitirse en el mundo de hoy, “sujeto a rápidas transformaciones”, el lujo de tener al frente a una persona inactiva, estancada. Como dice el propio Papa, el ejercicio del poder requiere “vigor tanto del cuerpo como del espíritu”. Requiere reflejos, cintura para adaptarse a los cambios, facultades para comprender y controlar situaciones complejas (no se olvide que la palabra ‘obispo’ viene del griego ‘epíscopo’, que significa el que vigila). Requiere, en definitiva, juventud o, al menos, una madurez activa.

Y aquí es donde creo que Ratzinger ha mandado un claro mensaje a los cardenales que tienen que elegir a su sucesor. El cónclave debe encontrar para la sede de Pedro a un hombre fuerte, capaz de llevar las riendas de una multinacional tan compleja como la Iglesia católica. Hasta Ratzinger, ningún romano pontífice había renunciado en 600 años. La elección del polaco Wojtyla rompió una tradición de papas italianos que duraba casi 500 años. ¿Vendrá la fumata blanca a recuperar las buenas costumbres?

Luis Sala

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